El fundador de Atucha Strategic Advisory, Ramiro Atucha, nos ofrece su aguda visión acerca del la situación que vive Brasil tras la prohibición de las apuestas y la victoria electoral de Lula Da Silva
De joven simpatizaba con muchas figuras de la izquierda. No lo digo con vergüenza ni con nostalgia, era lo que sentía a los veinte años en la Argentina de los noventa. Lo que vino después fue un desencanto lento, de esos que no tienen fecha. Fue ver, década tras década, qué le pasaba a la gente común bajo los gobiernos que decían hablar en su nombre. En Argentina -mi país-, Venezuela, Cuba, y más recientemente algunas versiones europeas con mejor marketing.
En Argentina teníamos una frase para resumirlo: al gobierno le gustan tanto los pobres que los multiplica. Es una broma amarga, pero describe bien el mecanismo. Un discurso de protección y una medida que suena bien el día que se anuncia. La factura la termina pagando justo la gente a la que se decía defender.
Escribo esto a tres días de la reelección de Lula, y no puedo evitar leer lo que pasó con el juego en Brasil con esa misma lente.
Repasemos. El mismo gobierno que regularizó el mercado con la ley de fines de 2023 y lo lanzó en enero de 2025 cobró 30 millones de reales por licencia, por cinco años de operación. Exigió sociedad local, capital integrado, certificación de plataformas, auditorías e integración con los sistemas de monitoreo de Hacienda. Más de 80 empresas pagaron, cumplieron y se instalaron. Veintiún meses después, el 25 de septiembre, ese mismo gobierno firmó una medida provisoria que prohíbe toda la actividad, deportivas y casino, sin devolución de la licencia ni indemnización. Los sitios se apagaron el 6 de octubre. Las autorizaciones se extinguieron formalmente el 25 de octubre. El mismo día del balotaje.
Y acá está el paralelismo que no me puedo sacar de la cabeza. Bajo el discurso de proteger a la población del juego, se elimina el juego regulado, el que paga impuestos, da empleo formal, verifica identidad y edad, y ofrece autoexclusión y límites de depósito. ¿Y la gente que disfruta de esta actividad? No deja de jugar. Nadie dejó de jugar en Brasil el 6 de octubre. Simplemente ahora lo hace en sitios offshore, sin impuestos ni protección, y si pasa algo no hay a quién reclamarle. El Estado no protegió a nadie. Entregó a sus propios ciudadanos al mercado ilegal, y encima se quedó con el dinero de las licencias que debería convertirse en un mar de juicios.
¿Qué pasa con los impuestos que ya estaban en el presupuesto? ¿Con los empleos? La ANJL hablaba a principios de octubre de más de 3.500 despidos en las primeras semanas, y proyectaba bastantes más. ¿Con los esponsoreos de medio fútbol brasilero? ¿Y con la credibilidad jurídica de un país que hoy cancela a los dos años una licencia de cinco, y mañana puede hacer lo mismo con una concesión portuaria o con cualquier otra actividad? Nadie en el gobierno lo explicó. Es un misterio.
Sobre el timing no hay mucho que discutir. La medida se firmó a nueve días de la primera vuelta, con tres de cada cuatro brasileros diciendo en las encuestas que están en contra de las apuestas. Fue una decisión electoral, y lamentablemente parece haber funcionado. Lula lo dijo con todas las letras tres días antes del balotaje: las bets no vuelven. Ganó por tres puntos y medio.
Hay algo que como industria tenemos que asumir. Durante casi dos años de mercado legal invertimos muchísimo en tecnología, en juegos, en esponsoreos y en marketing. E invertimos demasiado poco en que la opinión pública entendiera la diferencia entre juego regulado y no regulado, y lo que el regulado le aportaba a la sociedad. Cuando llegó el momento de defender el mercado, el argumento de «empleos y esponsoreos» no le ganó a «el hijo de mi vecino perdió el sueldo en el Tigrinho». Y eso es responsabilidad nuestra, no del gobierno.
Me queda una esperanza, la misma que tengo cada vez que un gobierno decide por decreto: la división de poderes. El Supremo Tribunal Federal tiene tres acciones contra la medida esperando decisión. El Congreso tiene plazo hasta el 23 de noviembre, prorrogable, para convertirla en ley o dejarla caer, y hay cerca de un centenar de enmiendas presentadas, varias para rescatar al menos las apuestas deportivas. Una cámara con la bancada más grande del PL desde 1990 tiene más respeto por los contratos firmados que un candidato en campaña.
Si eso funciona, Brasil todavía está a tiempo de corregir esto antes de que el daño sea irreversible para muchas empresas. Y si no funciona, otro capítulo para la lista de gobiernos que querían tanto a la gente que la dejaron peor de lo que la encontraron.